viernes, 16 de diciembre de 2011

ESCUELAS NORMALES Y ESCUELAS “ANORMALES”
            Uno de mis primeros recuerdos fue mi sensación de asombro ante la respuesta de mi madre cuando le pregunté que cuál era su trabajo. Mami salía de casa muy temprano y regresaba a eso de las dos de la tarde, aunque a veces llegaba después  porque había “reuniones del claustro” o actividades “extracurriculares”. Todas esas palabras resultaban misteriosas para mis cuatro o cinco años, pero su respuesta me pareció aún más extraña: “Yo soy profesora de la Escuela Normal de La Habana”.
Con el tiempo fui comprendiendo que se trataba de una institución dedicada a la preparación académica y profesional de los futuros maestros; fui conociendo a los compañeros del “claustro” que, al igual que mi madre sentían un compromiso genuino con “la Normal”. No olvido lo orgullosa que se sentía cuando alguno de sus estudiantes lograba un triunfo y cómo los estudiantes visitaban nuestra casa para discutir asuntos académicos y profesionales.  Creo que de esa interacción surgió mi interés por la Psicología: Mami enseñaba Psicología e Higiene Mental y las teorías de John Dewey y Arnold Gesell eran temas de nuestra conversación cotidiana.
Ya Mami no está con nosotros, pero su sonrisa me saluda diariamente desde un retrato en mi oficina. Desgraciadamente, también me saludan los titulares de los periódicos puertorriqueños, los reporteros de la TV y  los que inundan las ondas radiales. Todos los analistas, especialistas, comentaristas y editorialistas parecen coincidir en que la educación es el problema más grave de Puerto Rico. Y eso se nota a leguas: parece que muchos  de ellos no tuvieron la oportunidad de aprender a expresarse correctamente —o por lo menos faltaron a clase el día que se discutieron las preposiciones (¿o debe ser el día en que?).   
Cuando comencé mis estudios en la Universidad de Puerto Rico —en la época de los dinosaurios, para algunos— me llamó la atención la tendencia de algunos compañeros a “entrar por Pedagogía”: aquellos que no tenían el índice académico necesario para ingresar a las facultades de Ciencias Naturales, Humanidades o Sociales sabían que por Pedagogía “entraban” pues los requisitos no eran tan estrictos.  En otras palabras, los “brutos” tenían un “break” si se convertían en maestros o si lograban subir el promedio en Pedagogía para luego solicitar a la facultad que realmente les interesaba. Lo absurdo y paradójico de esta situación me hizo pensar entonces que muchos  futuros maestros estaban matriculados en una Escuela Anormal.
Pero ahí no para la cosa. Recuerdo una academia que prometía un título de técnico “sin fórmulas ni matemáticas”.  Mis hijos y yo todavía nos reímos porque les prometí matricularlos allí si no lograban entrar a la UPR.   Las célebres becas Pell facilitaron la creación de los llamados  “chinchorros educativos” en los que analfabetos con títulos académicos otorgan más títulos académicos a más analfabetos.
En Puerto Rico ya no hay Escuelas Normales y, a juzgar por los “rotativos” del País, tampoco hay higiene mental. 
Gracias, Enriqueta Comas, por haberme enseñado a distinguir lo normal de lo anormal.