domingo, 25 de abril de 2010

UN SER QUE NOS PERSIGUE

psicoproblemas

Hace días que estaba por comentar este tema porque he notado una tendencia que me resulta preocupante: ante la “crisis de valores”, la ola de violencia que nos arropa, las drogas y el desempleo, ha surgido un grupo de “motivadores” que nos invitan a “reinventarnos”, a aceptar los designios del destino, a orar, a ver el cambio como algo positivo y un chorro de estupideces más.

Y digo que son estupideces, porque creo que solamente a un estúpido se le puede ocurrir que una persona pensante, que de momento enfrenta una situación penosa provocada por otros, debe dejar de pensar, de preocuparse, de sentir, para entregar su destino y su intelecto a manos de quién sabe quién, y dedicarse a leer sobre las bellezas de los pajaritos y las cascadas. La resignación y la aceptación tienen un límite.

Que conste que no estoy instigando a la lucha armada, ni mucho menos. Pero considero que todos debemos reflexionar sobre lo que ocurre en este país y en el mundo. No basta con decir que “todos son iguales”, que es un “problema mundial” y que “por lo menos estás vivo y tienes trabajo”.

No, no basta. El primer paso para enfrentar una situación, un problema, un conflicto, es conocer su origen, y entenderlo. Y si hay algún culpable, hay que señalarlo. Solamente así podemos comenzar a llorar, patalear, orar, maldecir, leer reflexiones, aceptar lo que nos pasa y adaptarnos a la nueva situación de una manera psicológicamente saludable. Con todo lo que se ha hablado del proceso de superar una crisis, estos “expertos”, que probablemente tienen contratos con el gobierno, nos quieren brincar de “te quedaste sin trabajo” a “esta es una oportunidad de crecimiento”. Y todo por un déficit presupuestario cuyos pormenores no han explicado ante el pueblo. Por mí, se pueden ir todos al centro... ¿alguien se ha preguntado qué pasaría si los bonos municipales de Puerto Rico fueran considerados “chatarra”? Y ahora que sabemos de los traqueteos de Moody, Standard & Poors y compañía, sería interesante saber la respuesta.

¿Cómo es que dicen ahora? Pero nada, vamos al ser que nos persigue. Esta canción pegajosa, que algunos adjudican a Pedro Flores, y que otros dicen que es una melodía dominicana típica, dice algo así como “Yo soy el hombre más guapo...peleo hasta dentro de un saco...porque eso no es culpa mía...es de un ser que me persigue. Sigue tus amores sigue, aunque te den una trulla, porque eso no es culpa tuya, es de un ser que te persigue”.

La primera vez que la oí, estuve casi una semana tarareando el estribillo. No puedo negar que me encanta. Y también pensé en el concepto de responsabilidad personal y en la teoría de Julian Rotter sobre el locus de control (ya sé que locus no aparece en el diccionario de la RAE, pero equivale a lugar).

Julian B. Rotter (1966), un conocido psicólogo social, propuso una teoría, bastante complicada por cierto, sobre las expectativas, los refuerzos y la conducta, que llamó teoría del aprendizaje social. En una época en la que imperaban el psicoanálisis y el conductismo, planteó la importancia de la motivación y las expectativas en la conducta y en la personalidad de los individuos. No pretendo entrar en detalles ni basarme en las traducciones horrendas que aparecen en la internet, por lo que recomiendo la página The Social Learning Theory of Julian B. Rotter para los que quieran más información.

El locus de control es un rasgo de la personalidad que consiste en la percepción que tiene una persona de lo que determina o controla el rumbo de su vida. Es el grado en que percibe que los eventos y sus conductas son consecuencias de sus propias acciones o, por el contrario, que lo que le sucede depende de algo ajeno, independiente, y hasta inexorable.

Los dos extremos del locus de control son interno y externo:

  • Locus de control interno: la persona percibe que los eventos ocurren principalmente como efecto de sus propias acciones. La persona controla su vida, y su esfuerzo, sus capacidades y su responsabilidad personal tendrán consecuencias positivas.
  • Locus de control externo: la persona percibe que los eventos ocurren como resultado de la suerte, del destino, o del poder y las decisiones de otros. No importa lo que haga, lo que sucede tenía que suceder.

Y lo que hay que preguntarse es: si todo lo que ocurre tiene un propósito y si lo que pasa es lo que tenía que pasar, ¿para qué voy decirles a mis hijos que estudien y para qué voy a esforzarme en ser una mejor persona?

Nos toca a cada uno de nosotros, entonces, decidir quién nos controla. Si ya hemos aceptado que no hay nada que hacer y que la suerte está echada, entonces vamos a leer reflexiones y pensamientos bellos, vamos a hacerles caso a los motivadores, vamos a resignarnos. Si, por el contrario, creemos que nuestro futuro está en nuestras manos y que tenemos alguna injerencia en él, entonces vamos a decidir si queremos leer esas reflexiones y pensamientos, si queremos escuchar a esos motivadores y si queremos resignarnos.

A mí, por lo pronto, no me persigue ser alguno.

 

 

miércoles, 7 de abril de 2010

MUCHACHOS MALCRIADOS

 

Están en todas partes. En la escuela les faltan al respeto a los maestros, cuando juegan no quieren compartir sus juguetes, en la casa no obedecen a sus padres y cuando van a las tiendas forman tremendas perretas si no los complacen. No recuerdo la última vez que fui a un supermercado en el que no hubiera un muchacho berreando en un carrito y una madre amenazándolo para que se callara (y después sonriendo a los que estábamos a su alrededor para disimular su frustración).

¿Por qué hay muchachos “malcriados”? ¿Por qué no se habla tanto de los “bien criados?” La lógica indica que ambos son productos de la crianza que reciben. O de la que recibieron, porque hay que aclarar que las malacrianzas no se limitan a los niños y jóvenes.

Según la Real Academia, crianza es la acción y efecto de criar; criar es instruir, educar y dirigir; malcriar es educar mal a los hijos, condescendiendo demasiado con sus gustos y caprichos; y un malcriado es alguien falto de buena educación, descortés, incivil. Se dice por lo común de los niños consentidos y maleducados.

Si nos fuésemos a llevar exclusivamente por estas definiciones tendríamos que concluir que los niños malcriados son una consecuencia directa del exceso de atención que les prestan sus padres. Para evitar las malacrianzas, o la malcriadez, por lo tanto, los padres no deberían consentir mucho a sus hijos, ni complacerlos cuando se les antoja algo. Pero como que hay algo que no cuadra...por lo que hay que recordar que todos los conceptos y definiciones responden a paradigmas y constructos culturales que, en este caso, parecen reflejar la creencia hispana tradicional de que “los niños hablan cuando las gallinas mean”.

Hay muchas maneras de criar, y muchas maneras de “mal criar” porque hay diversos estilos de crianza. Muchos padres crean su propio estilo a base de una combinación de factores que pueden cambiar a medida que los hijos desarrollan sus propias personalidades a través de las distintas etapas de la vida. El estilo de crianza depende también de los temperamentos de padres e hijos y se fundamenta en gran medida en la influencia de los propios padres (abuelos) y la cultura.

Algunos padres hacen exactamente lo que sus padres hacían con ellos. Un padre que le paga a su hijo puede justificar su acción diciendo “a mí me daban de correazos y mira lo bien que salí”. Pero no habla del resentimiento, del dolor y del coraje que sentía cuando veía a su padre con la correa en la mano. Algunos se proponen hacer con sus hijos todo lo contrario a lo que sus padres hicieron con ellos. Otros padres buscan información en libros especializados, o consultan con otros padres, con maestros, o con profesionales de la salud mental. Pero todos estarían de acuerdo en que no existe una fórmula mágica que garantice buenos resultados.

Un estilo de crianza es un constructo psicológico que representa las estrategias que los padres y las madres utilizan con sus hijos e hijas. Los estilos de crianza han sido objeto de estudio por parte de muchos investigadores de las ciencias sociales.

Una de las teorías más conocidas es la Diana Baumrind (1967). Sus estilos se basan en dos factores importantes en la crianza de los hijos: 1) Receptividad de los padres, que se refiere al grado en que los padres responden a las necesidades de sus hijos y 2) Exigencias de los padres, que se refiere a las expectativas de los padres en cuanto al comportamiento maduro y responsable de los hijos. A base de observaciones de campo, entrevistas con padres y otros métodos de investigación, identificó cuatro dimensiones importantes de la crianza:

· Estrategias disciplinarias

· Calidez y apoyo

· Estilos de comunicación

· Expectativas de madurez y control

Según estas dimensiones, Baumrind planteó que la mayoría de los padres exhibían uno de tres estilos de crianzas diferentes. Otras investigaciones posteriores recomendaron la inclusión de un cuarto estilo (Maccoby y Martin, 1983).

Los cuatro estilos de crianza

1. Autoritario En este estilo de crianza se espera que los hijos obedezcan las reglas estrictas que establecen los padres. El no seguirlas generalmente provoca un regaño o un castigo severo. Los padres autoritarios no explican el porqué de las reglas y si se les pregunta contestan con un “porque sí, porque yo lo dije”. Estos padres son muy exigentes, pero no responden a las necesidades de sus hijos. Tienden a concentrarse en el comportamiento negativo, en vez del positivo.

· Los hijos de padres autoritarios generalmente no aprenden a pensar por sí mismos ni comprenden por qué tienen que comportarse de una forma determinada. El estilo autoritario generalmente produce niños que son obedientes y proficientes, pero menos felices, con menos competencias sociales y con una autoestima baja.

2. Autoritativo (Democrático) Al igual que los autoritarios, estos padres establecen reglas y normas que se espera que los hijos sigan. Sin embargo, este estilo es mucho más democrático. Los padres autoritativos son receptivos y están dispuestos a escuchar las preguntas de sus hijos. Sus expectativas son claras y razonables y cuando los hijos no las cumplen, estos padres son más comprensivos y perdonan en vez de castigar. Son asertivos, pero no restrictivos y premian las buenas actuaciones de sus hijos en vez de resaltar las conductas no aceptables. Los padres democráticos ayudan a sus hijos a aprender a valerse por sí mismos y a pensar en las consecuencias de su comportamiento. Un padre autoritativo permite que sus hijos tengan opciones―tiene que vestirse de cierta manera, pero puede escoger qué camisa o pantalón usar.

· Los estilos de crianza autoritativos tienden a resultar en hijos felices, capaces y exitosos (Maccoby, 1992).

3. Permisivo―Los padres permisivos, o indulgentes exigen muy poco de sus hijos. Establecen muy pocas reglas que no se hacen cumplir de manera uniforme. Casi nunca regañan o disciplinan porque tienen expectativas muy bajas en cuanto a la madurez y autocontrol de los niños. Son poco tradicionales, poco severos y evitan las confrontaciones. No quieren estar atados a una rutina y quieren que sus hijos se sientan libres. Estos padres generalmente apoyan a sus hijos en todo y son cálidos y comunicativos con ellos, por lo que muchas veces asumen un papel de amigos más que de padres.

· Un estilo de crianza permisivo muchas veces resulta en niños infelices y con poco autocontrol, con altas probabilidades de tener problemas con la autoridad y con un pobre desempeño académico.

4. Desconectado (Uninvolved)Este estilo se caracteriza porque los padres exigen muy poco a sus hijos, son poco receptivos y la comunicación familiar es casi inexistente. Aunque los padres satisfacen las necesidades básicas de los hijos, están desconectados de lo que acontece en sus vidas. Los padres tienen sus propios intereses e ignoran a sus hijos que llegan a ser una molestia o un impedimento. En casos extremos, estos padres rechazan a sus hijos o se tornan negligentes.

· Este estilo redunda en niños que carecen de autocontrol, tienen una baja autoestima y son menos competentes que sus pares.

¿Por qué hay distintos estilos de crianza?

Después de conocer el impacto de los estilos de crianza en el desarrollo infantil, cabe preguntarse por qué todos los padres no utilizan un estilo autoritativo/democrático. Después de todo, es el estilo con más probabilidades de producir individuos felices, capaces y seguros de sí mismos. ¿Por qué varían, entonces, los estilos de crianza? Algunas causas potenciales incluyen la cultura, la personalidad, el tamaño de la familia, el trasfondo familiar, el estatus socioeconómico, el nivel académico y la religión. La experiencia nos enseña que la mayoría de los padres no practica un estilo de crianza que coincida en todo con una de las clasificaciones discutidas, más bien hay rasgos de unas y otras.

Cuando en la familia hay un solo progenitor (padre o madre) puede presumirse que habrá un solo estilo, pero ¿qué pasa cuando el padre y la madre tienen ideas diferentes sobre la crianza de sus hijos? Probablemente habrá desacuerdos y peleas y los niños se aprovecharán de la situación para salirse con las suyas. Y de ahí surgen las frases familiares famosas:

“Deja que llegue tu padre.”

“Pídele permiso a tu madre.”

“A mí no me preguntes, mira a ver lo que dice tu mamá.”

“Si tu padre se entera...”

“Papi me dijo que podía ver TV hasta las 10”....

...y otras por el estilo que le dejan saber al “nene” quién es el que tiene el control y qué tiene que hacer o decir para lograr sus propósitos. De ahí la importancia de que ambos padres se pongan de acuerdo en cuanto a:

· Establecer normas y límites para los hijos Esto debe incluir horarios para TV, asignaciones, hora de ir a dormir, salidas con amistades, etc. Las reglas deben ser claras y precisas y los niños deben conocerlas con anticipación.

· Respetar las diferencias en los estilos de crianza Aunque uno de los padres tenga un estilo más estricto y el otro sea más flexible, ambas posturas son igualmente válidas. Si se respetan las ideas y los valores de la pareja, se puede lograr un “happy medium”, un punto de encuentro entre los distintos estilos que es esencial no sólo para el bienestar de los hijos, sino de toda la familia.

· Buscar la cooperación mutua Cuando ambos padres se ponen de acuerdo y reconocen que cada uno contribuye positivamente a la crianza de sus hijos hay menos problemas y conflictos en la relación de pareja.

· No discutir en presencia de los hijos Si hay desacuerdos, hablar en privado, y luego mantener un frente unido al comunicarse con los hijos.

El mejor consejo que jamás oí referente a la crianza de los hijos es que hay que ESCOGER LAS BATALLAS. Criar hijos no  es fácil, pero a veces los padres se complican más de la cuenta cuando quieren hacer valer su autoridad a toda costa. No podemos pelear con los hijos por todas y cada una de las cosas en las que no estamos de acuerdo―vamos a dejar las peleas para lo verdaderamente importante y para lo que pueda atentar contra su bienestar. Es recomendable analizar las situaciones, considerar las alternativas y prever las consecuencias de cada una de ellas y decidir si la batalla vale la pena:

· ¿Qué puede pasar si una joven de 15 años quiere salir con un amigo hasta las 2 de la mañana? ¿Vale la pena discutir con ella?

· El nene de tres años no quiere bañarse. ¿Lo castigamos o dejamos el baño para más tarde?

· Al jovencito de 12 años no quiere recortarse y jura que se ve bello con su pelo largo ¿vamos a cortarle el pelo mientras duerme?

· Al nene de 6 años que decide que no quiere vestirse, ¿debe su madre dejarle ir a la escuela en pijamas?

Hay muchos ejemplos de estas situaciones: tatuajes, piercings, música, vestimenta, iPhones, amistades y vaya usted a saber.

Lo importante es reconocer que los padres no siempre tienen la razón, que los tiempos cambian, y que no es fácil ser niño hoy en día. Pero, por sobre todas las cosas, hay que aprender las estrategias para que nuestros estilos de crianza no tengan como consecuencia más muchachos malcriados.

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jueves, 1 de abril de 2010

INTELIGENCIA EMOCIONAL

 

“¡Este niño es brillante, tiene A en todo!”

“Mi hija es muy inteligente, tiene un cociente de 122.”

No conozco a ningún padre (ni a una sola madre) que me haya dicho que su hijo es más bruto que volverlo a decir. A lo más que llegan es a que “el nene es inteligente, pero es muy vago.”

Porque ser inteligente es importante... y la inteligencia, como la entiende la mayoría de las personas, se asocia con las buenas notas y con los resultados de las pruebas psicométricas. El nene que no saca buenas notas es porque no tiene buenos hábitos de estudio, y la nena cuyo cociente intelectual resultó promedio “se puso nerviosa” cuando se le administró la prueba.

Pero, ¿qué es eso de inteligencia? Según el diccionario, es la capacidad de entender o comprender; la capacidad de resolver problemas. Para los psicólogos, la inteligencia se define operacionalmente como lo que miden los tests de inteligencia. En otras palabras, una persona es tan “inteligente” como su cociente intelectual: el famoso IQ (Intelligence Quotient).

¿Recuerdan ustedes cuando eran estudiantes? Probablemente los “inteligentes” sacaban buenas notas y eran los “brains” “estofones”, “comelibros”, “nerdos” o “geeks” según su generación y ambiente. Los “del montón”, los “buena gente” que a veces se iban de fiesta la víspera de un examen, los “raspa cum laude” para los que una “B” significaba un logro espectacular... esos no eran muy inteligentes que digamos. Sin embargo, con el pasar de los años, vemos que esa inteligencia tradicional que asociamos con un buen récord académico no necesariamente garantiza el éxito en el plano profesional, ni siquiera en el plano personal.

Esta aparente falta de congruencia entre inteligencia y éxito llevó a varios investigadores a estudiar aquellas otras características de la personalidad que se asocian con las personas exitosas.

Howard Gardner (1983 y 1995), psicólogo de la Universidad de Harvard, en su teoría de las inteligencias múltiples plantea que existen varios tipos de tipos de inteligencia, entre ellas la inteligencia intrapersonal y la inteligencia interpersonal que son tan importantes como el vocabulario y la habilidad para los números.

En 1995 Daniel Goleman publicó su libro Emotional Intelligence, término que antes habían utilizado John Mayer y Peter Salovey de la Universidad de Yale. La inteligencia emocional incluía lo que Gardner había denominado inteligencias intrapersonal e interpersonal. Poco después apareció Working with Emotional Intelligence y a partir de entonces todos los adiestramientos en las empresas parecían girar alrededor de la importancia de la inteligencia emocional para lograr las metas de las agencias.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre la inteligencia tradicional y la llamada inteligencia emocional? Goleman define la inteligencia emocional como la capacidad para reconocer nuestros propios sentimientos y los sentimientos de los demás, para motivarnos y para manejar bien las emociones, tanto en nosotros mismos como en nuestras relaciones con otros.

Todos hemos conocido personas que quizás no sean brillantes intelectualmente, pero que “caen bien” e inspiran confianza. Son las personas con las que podemos conversar abiertamente sin temor a ser juzgados, los amigos que lloran con nosotros cuando estamos tristes y disfrutan y se alegran de nuestros triunfos y éxitos. Son los compañeros de trabajo que nos dan una mano cuando ven que no vamos a terminar una tarea a tiempo, y además nos traen un café. Son personas inteligentes emocionalmente.

Muchas veces he oído comentar que “Fulano es graduado de tal o más cual universidad, así que bruto no es”. Puede que no sea bruto, pero con su título de un plantel prestigioso, el tal Fulano puede proyectarse como una persona prepotente, que “se las sabe todas”, que desprecia a los que no comparten sus opiniones y que no tiene tiempo que perder con tonterías. Será inteligente, pero es un ácido, un bofe, un pesado y “pá ningún lado es que va”. Puede que el tal Fulano carezca de inteligencia emocional.

Según Goleman, la inteligencia emocional consta de los cinco componentes que se mencionan a continuación. La explicación de cada uno de ellos es una adaptación libre a base de nuestra realidad.

· Autoconocimiento ― A nivel del Oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. Sé sincero contigo mismo. Reconoce tus habilidades y límites (virtudes y defectos). Aprende a identificar tus emociones y cómo reaccionas ante ellas. ¿Qué te hace sentir triste, contento, frustrado, furioso? ¿Qué haces cuando te sientes así? ¿Cómo afectan tus reacciones a los que te rodean? Ten una autoestima saludable a base de lo que vales como ser humano, pero no pienses que lo mereces todo.

· Autorregulación ― Es como un termostato interior para manejar los impulsos e incluye cinco aptitudes emocionales: 1. Autodominio: Aguántate, aunque tengas ganas de caerle encima a alguien (cuenta hasta 10); 2. Confiabilidad: Aunque te cueste trabajo, trata de ser honesto e íntegro 3. Escrupulosidad: Acepta la responsabilidad por lo que has hecho; 4. Adaptabilidad: Si te cambiaron los muñecos, sé flexible y aprende de esa experiencia; y 5. Innovación: Si estás leyendo esto, eres una persona cibernética dispuesta a aceptar nuevas ideas y enfoques en el campo de la información.

· Motivación ― Es lo que nos guía o nos facilita que logremos nuestras metas. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Aunque esa es la pregunta de los $64 mil para los psicólogos, la motivación emocional comprende, a su vez, las ganas de triunfar y de responder a una norma de excelencia; el nivel de compromiso para alinearse con los objetivos (¿quieres rebajar, pero no quieres dejar de comer?); la iniciativa para aprovechar las oportunidades; y el optimismo que implica lograr el objetivo, a pesar de los obstáculos y reveses (yo voy a mí).

· Empatía ― es la capacidad para entender los sentimientos, necesidades e intereses de otras personas. Implica “ponerse en lugar de”, ver el mundo desde perspectivas ajenas y aprender de ellas. No es una cuestión de “tolerancia”, sino de respeto. No es eso de que “a mí me pasó lo mismo y yo lo que hice fue...” porque lo que le pasa a uno no es lo que le pasa al otro. Y mientras seamos el ombligo del mundo no podemos ser empáticos. Y para ser empáticos hay que tener unas destrezas de comunicación de las que hablaremos más adelante (después de estos días de “recogimiento” en los que parece que lo único que se recoge es la inteligencia emocional)

· Habilidades sociales ― Cómo nos las arreglamos para convencer a otros de que tenemos razón. Para ello empleamos los elementos de la inteligencia emocional que incluyen tácticas de persuasión efectiva, destrezas de comunicación, habilidad para manejar conflictos y capacidad de transmitir mensajes convincentes.

En resumen, la inteligencia emocional (IE) implica que sabemos quiénes somos y cuáles son nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Que tenemos una visión clara de lo que queremos y cómo lograrlo. Que somos conscientes de lo que nos “saca de tiempo” y que reconocemos a aquéllos que nos fastidian la existencia y podemos entender lo que hacen y por qué lo hacen.

Que conste, no es cuestión de escoger entre ambas inteligencias, porque las dos cumplen su función y para ellas hay cabida en nuestra sociedad. Lo ideal sería que las personas que poseen un cociente intelectual (CI) alto fueran también inteligentes desde la perspectiva emocional (IE) y fueran honestos consigo mismos. Quizás esta combinación evitaría que:

· Los hombres con bajo CI y poca IE asesinen a sus parejas;

· Las mujeres con CI promedio y poca IE aguanten abusos y sigan pariendo hijos no deseados;

· Los niños y jóvenes con CI alto y baja IE se dediquen a amenazar a sus compañeros hasta llevarlos al suicidio;

· Los pueblos con CI promedio y poca IE elijan gobernantes inescrupulosos que carecen de inteligencia emocional y hacen lo posible por destruir la poca que nos queda.

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