jueves, 1 de abril de 2010

INTELIGENCIA EMOCIONAL

 

“¡Este niño es brillante, tiene A en todo!”

“Mi hija es muy inteligente, tiene un cociente de 122.”

No conozco a ningún padre (ni a una sola madre) que me haya dicho que su hijo es más bruto que volverlo a decir. A lo más que llegan es a que “el nene es inteligente, pero es muy vago.”

Porque ser inteligente es importante... y la inteligencia, como la entiende la mayoría de las personas, se asocia con las buenas notas y con los resultados de las pruebas psicométricas. El nene que no saca buenas notas es porque no tiene buenos hábitos de estudio, y la nena cuyo cociente intelectual resultó promedio “se puso nerviosa” cuando se le administró la prueba.

Pero, ¿qué es eso de inteligencia? Según el diccionario, es la capacidad de entender o comprender; la capacidad de resolver problemas. Para los psicólogos, la inteligencia se define operacionalmente como lo que miden los tests de inteligencia. En otras palabras, una persona es tan “inteligente” como su cociente intelectual: el famoso IQ (Intelligence Quotient).

¿Recuerdan ustedes cuando eran estudiantes? Probablemente los “inteligentes” sacaban buenas notas y eran los “brains” “estofones”, “comelibros”, “nerdos” o “geeks” según su generación y ambiente. Los “del montón”, los “buena gente” que a veces se iban de fiesta la víspera de un examen, los “raspa cum laude” para los que una “B” significaba un logro espectacular... esos no eran muy inteligentes que digamos. Sin embargo, con el pasar de los años, vemos que esa inteligencia tradicional que asociamos con un buen récord académico no necesariamente garantiza el éxito en el plano profesional, ni siquiera en el plano personal.

Esta aparente falta de congruencia entre inteligencia y éxito llevó a varios investigadores a estudiar aquellas otras características de la personalidad que se asocian con las personas exitosas.

Howard Gardner (1983 y 1995), psicólogo de la Universidad de Harvard, en su teoría de las inteligencias múltiples plantea que existen varios tipos de tipos de inteligencia, entre ellas la inteligencia intrapersonal y la inteligencia interpersonal que son tan importantes como el vocabulario y la habilidad para los números.

En 1995 Daniel Goleman publicó su libro Emotional Intelligence, término que antes habían utilizado John Mayer y Peter Salovey de la Universidad de Yale. La inteligencia emocional incluía lo que Gardner había denominado inteligencias intrapersonal e interpersonal. Poco después apareció Working with Emotional Intelligence y a partir de entonces todos los adiestramientos en las empresas parecían girar alrededor de la importancia de la inteligencia emocional para lograr las metas de las agencias.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre la inteligencia tradicional y la llamada inteligencia emocional? Goleman define la inteligencia emocional como la capacidad para reconocer nuestros propios sentimientos y los sentimientos de los demás, para motivarnos y para manejar bien las emociones, tanto en nosotros mismos como en nuestras relaciones con otros.

Todos hemos conocido personas que quizás no sean brillantes intelectualmente, pero que “caen bien” e inspiran confianza. Son las personas con las que podemos conversar abiertamente sin temor a ser juzgados, los amigos que lloran con nosotros cuando estamos tristes y disfrutan y se alegran de nuestros triunfos y éxitos. Son los compañeros de trabajo que nos dan una mano cuando ven que no vamos a terminar una tarea a tiempo, y además nos traen un café. Son personas inteligentes emocionalmente.

Muchas veces he oído comentar que “Fulano es graduado de tal o más cual universidad, así que bruto no es”. Puede que no sea bruto, pero con su título de un plantel prestigioso, el tal Fulano puede proyectarse como una persona prepotente, que “se las sabe todas”, que desprecia a los que no comparten sus opiniones y que no tiene tiempo que perder con tonterías. Será inteligente, pero es un ácido, un bofe, un pesado y “pá ningún lado es que va”. Puede que el tal Fulano carezca de inteligencia emocional.

Según Goleman, la inteligencia emocional consta de los cinco componentes que se mencionan a continuación. La explicación de cada uno de ellos es una adaptación libre a base de nuestra realidad.

· Autoconocimiento ― A nivel del Oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. Sé sincero contigo mismo. Reconoce tus habilidades y límites (virtudes y defectos). Aprende a identificar tus emociones y cómo reaccionas ante ellas. ¿Qué te hace sentir triste, contento, frustrado, furioso? ¿Qué haces cuando te sientes así? ¿Cómo afectan tus reacciones a los que te rodean? Ten una autoestima saludable a base de lo que vales como ser humano, pero no pienses que lo mereces todo.

· Autorregulación ― Es como un termostato interior para manejar los impulsos e incluye cinco aptitudes emocionales: 1. Autodominio: Aguántate, aunque tengas ganas de caerle encima a alguien (cuenta hasta 10); 2. Confiabilidad: Aunque te cueste trabajo, trata de ser honesto e íntegro 3. Escrupulosidad: Acepta la responsabilidad por lo que has hecho; 4. Adaptabilidad: Si te cambiaron los muñecos, sé flexible y aprende de esa experiencia; y 5. Innovación: Si estás leyendo esto, eres una persona cibernética dispuesta a aceptar nuevas ideas y enfoques en el campo de la información.

· Motivación ― Es lo que nos guía o nos facilita que logremos nuestras metas. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Aunque esa es la pregunta de los $64 mil para los psicólogos, la motivación emocional comprende, a su vez, las ganas de triunfar y de responder a una norma de excelencia; el nivel de compromiso para alinearse con los objetivos (¿quieres rebajar, pero no quieres dejar de comer?); la iniciativa para aprovechar las oportunidades; y el optimismo que implica lograr el objetivo, a pesar de los obstáculos y reveses (yo voy a mí).

· Empatía ― es la capacidad para entender los sentimientos, necesidades e intereses de otras personas. Implica “ponerse en lugar de”, ver el mundo desde perspectivas ajenas y aprender de ellas. No es una cuestión de “tolerancia”, sino de respeto. No es eso de que “a mí me pasó lo mismo y yo lo que hice fue...” porque lo que le pasa a uno no es lo que le pasa al otro. Y mientras seamos el ombligo del mundo no podemos ser empáticos. Y para ser empáticos hay que tener unas destrezas de comunicación de las que hablaremos más adelante (después de estos días de “recogimiento” en los que parece que lo único que se recoge es la inteligencia emocional)

· Habilidades sociales ― Cómo nos las arreglamos para convencer a otros de que tenemos razón. Para ello empleamos los elementos de la inteligencia emocional que incluyen tácticas de persuasión efectiva, destrezas de comunicación, habilidad para manejar conflictos y capacidad de transmitir mensajes convincentes.

En resumen, la inteligencia emocional (IE) implica que sabemos quiénes somos y cuáles son nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Que tenemos una visión clara de lo que queremos y cómo lograrlo. Que somos conscientes de lo que nos “saca de tiempo” y que reconocemos a aquéllos que nos fastidian la existencia y podemos entender lo que hacen y por qué lo hacen.

Que conste, no es cuestión de escoger entre ambas inteligencias, porque las dos cumplen su función y para ellas hay cabida en nuestra sociedad. Lo ideal sería que las personas que poseen un cociente intelectual (CI) alto fueran también inteligentes desde la perspectiva emocional (IE) y fueran honestos consigo mismos. Quizás esta combinación evitaría que:

· Los hombres con bajo CI y poca IE asesinen a sus parejas;

· Las mujeres con CI promedio y poca IE aguanten abusos y sigan pariendo hijos no deseados;

· Los niños y jóvenes con CI alto y baja IE se dediquen a amenazar a sus compañeros hasta llevarlos al suicidio;

· Los pueblos con CI promedio y poca IE elijan gobernantes inescrupulosos que carecen de inteligencia emocional y hacen lo posible por destruir la poca que nos queda.

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